viernes, 4 de marzo de 2016

La sordera del mundo_REALIZAR UN COMENTARIO DE 5 A 7 LÍNEAS.


Por Ricardo Miranda


Mal de muchos, consuelo de sordos. El reciente escándalo alrededor del japonés Mamoru Samuragochi ha vuelto a poner en evidencia la sordera característica de nuestro tiempo. Desde hace algunos años este personaje se hacía pasar por compositor sordo, lo que le valió el aburrido epíteto de “El Beethoven japonés”. “Autor” de una célebre Sinfonía Hiroshima, fue otra de “sus” obras, una talSonatina para violín y piano, lo que desató el escándalo cuando, en los recientes Juegos Olímpicos de invierno, un atleta japonés se presentó a patinar con dicha música. Sentado ante su televisor, el verdadero compositor de la pieza en cuestión –un maestro de música llamado Takashi Niigaki– no soportó más la idea de que su música alcanzaba la efímera fama de algunos minutos olímpicos y, aunque había recibido varios millones de yenes como pago, contó la historia a una conocida revista en Japón. Como consecuencia los discos de Samuragochi fueron retirados del mercado y un escándalo de cierta proporción alcanzó diversos medios internacionales. Para la compañía Nippon Columbia, el sello discográfico del “compositor”, las pérdidas serán relativas toda vez que Samuragochi había vendido ya varios cientos de miles de discos.
Por supuesto, uno se pregunta por qué esa compañía discográfica o las orquestas que tocaron la música falsa de Samuragochi no pudieron darse cuenta que se trataba de un impostor. Incluso puede pensarse que quizá no quisieron hacerlo a pesar de la evidencia sonora: la música de Niigaki-Samuragochi es totalmente rutinaria, un bonito pastiche de fórmulas de la música del siglo XIX que puede sonar algo a Beethoven, algo a Rachmaninoff, algo a Mahler, algo a... pero que no es, por supuesto, nada comparable a los ilustres modelos.
La triste historia no sorprende. Aunque ahora Wikipedia señala casi con rencor que Samuragochi es “un impostor japonés de la prefectura de Hiroshima”, lo cierto es que el engaño deja en evidencia el esparcido fenómeno de la sordera de nuestro tiempo. ¿Cuántas malas obras no se aplauden? ¿Cuántas malas interpretaciones no se aclaman? ¿Cuántos malos discos se venden?
Todos los musicólogos solemos preguntarnos por qué la música es así. Es decir, cómo y por qué llegamos al triste punto donde la música terminó por generar un engaño tras otro y por despojarse de sus parámetros críticos. La democrática premisa que concede prioridad al gusto parece tener una perversa parte en ello. Suelo decir a mis alumnos que, al menos en clase, está prohibido hablar de gusto: es de mal gusto hablar de gusto porque ese gusto no es sino el termómetro de la mala educación, la medida de la ignorancia. Toda persona cree poseer un gusto infalible, y eso explica tanta diversidad y tanta locura, pero al menos la literatura o el cine poseen la ventaja de contar con ciertos parámetros críticos, con reseñas de especialistas y con una larga y famosa lista de publicaciones en las que los expertos juzgan y evalúan las producciones recientes. En música, en cambio, tales canales son mínimos e impera la razón del número: si un disco vendió tantos ejemplares, si un concierto agotó tantas localidades, si un video tuvo tantosclics, entonces es bueno. En la perversa lógica de nuestro tiempo, tantos es igual a bueno.
Todavía en el siglo pasado, al menos en la prensa inglesa, Donald Francis Tovey –quizá uno de los mejores críticos musicales de todos los tiempos– se daba el lujo de afirmar: “La mitad de la mala educación musical del mundo proviene de las personas que saben que el primer acorde de la Novena Sinfonía de Beethoven es la dominante de re menor.” Hoy, el cáustico humor de la frase pasará inadvertido aun para aquellos que sepan algo de armonía. Lo sorprendente es que los británicos de hace algunas décadas todavía se reían de tal afirmación (esos mismos británicos que podían leer los ejemplos musicales con los que Tovey aderezaba su columna de crítica musical en The Times). Hoy, en todo caso, toca terminar el cálculo: la otra mitad de la mala educación musical del mundo proviene de quienes creen que Beethoven estaba realmente sordo mientras escuchan a los Samuragochis de hoy, a los dizque compositores o seudointérpretes (Richard Clayderman, André Rieu...), a los niños prodigio (como la talentosa pero aburrida niña Alma Deutscher que estos días está de moda...) o hasta los muy virtuosos intérpretes cuya ejecución es, en realidad, absolutamente prescindible (Lang-Lang, llenará Bellas Artes, a no dudarlo). La explicación de tanta sordera es triste: hemos perdido de vista lo que hace verdaderamente importante a la música y que no es la destreza de su interpretación, sino su significado. ¿Por qué creemos que la música no significa nada? ¿De dónde salió la extraña idea de que la música es únicamente un asunto sentimental o sensorial? Los melómanos de hoy suelen llenar las salas de conciertos, aplauden a directores y músicos y, al salir, poco o nada han entendido del significado de la música escuchada. Si acaso, la relacionan con experiencias propias, con su personal subjetividad. Pero lo cierto es que la música significa y no es una manifestación subjetiva; la música, como la literatura o la poesía, alude a experiencias profundas y trascendentes. En una de mis últimas clases hablábamos de la Primera Sinfonía de Johannes Brahms, una composición que se ocupa del desencanto de los ideales y de la suplantación de estos por una visión idealista de la naturaleza o de la religión. La forma en la que Brahms expresa todo ello es emocionante y conmovedora, además de que la sinfonía está llena de alusiones a su apasionada y conflictiva relación con Clara Schumann. ¿Querríamos escuchar a Brahms a manos de una orquesta de prodigios? ¿Sería mejor escuchar esta obra monumental a cargo de una orquesta de esperanzas aztecas o japonesas? Desde luego que no. Bastará una ejecución buena y un director solvente porque antes que la interpretación está la música misma. El mundo pop, desde luego, dicta lo contrario: Justin Bieber o Katy Perry tienen toda suerte de atributos, aunque no musicales. Esa visión, lamentablemente, ha terminado por oscurecer y hasta demeritar el valor estético de la música.
No hay que correr a condenar la moral del asunto. El señor Samuragochi, que no sabe música pero se disfraza de compositor y hasta se hace pasar por sordo, no se distingue mucho de tantas y tantas personas que todos los días se dedican a tomarnos el pelo: el vendedor de remedios en cualquier mercado, la eficiente cajera de algún banco, elrespetuoso chofer del microbús, el honesto comerciante de los precios abusivos, la patriótica diputada que se alza el sueldo y se manda retratar en anuncios espectaculares...Larga es la lista como largo el teclado, decía el Cronopio. Lo verdaderamente triste es que el respetable (¡vaya adjetivo!) público japonés, como el respetable local, es presa fácil de los engaños musicales. Pero no tiene la culpa el indio, sino el que le compra los discos...~

viernes, 12 de febrero de 2016

¿Qué hacer con los domingos? _REALIZAR LA MEDICIÓN DE LECTURA EN SILENCIO Y COLOCARLA EN EL COMENTARIO, EJEMPLO: 5 MIN. CON 25 SEG.



¿Qué hacer con los domingos?
Revista Algarabía.
Por 
Luis Ignacio Helguera | marzo 12, 2014
Definitivamente la invención del último día de la semana encontró ya a Dios cansado, aburrido, falto de inspiración y lucidez. Eso explica que los domingos sean aburridos, soporíferos, deprimentes, nauseabundos. Hay en los domingos algo enfermizo, una enrarecida decadencia, hipócritamente disimulados en el disfraz de descanso, de santidad, de convivencia familiar. Más que bíblicos, son infernales; dicen unos versos de Eduardo Elizalde:
El infierno serían esos domingos, todos esos grises, sordos, ciegos, pantanosos domingos unidos en un ciclo sin semana
Judas metió su cuchara en la última cena, como Satanás la suya cuando Dios creó el domingo.
Las mañanas de los domingos son ya feas, pero dejan todavía en nosotros un necio resquicio de ilusión, de esperanza de ser felices, de pasarla bien cuando menos. Con coquetería solar, farisea, despliega el domingo suabanico, su plumaje de pavoreal de utilería. Están comoopciones los suplementosdominicales, el futbol, la misa de doce, las comidas con familiares o amigos, los picnics, el zoológico, las multitudinarias excursiones a Xochimilco o Chapultepec —la multitud adora la multitud—, el cine, el Valium. Son, en el fondo, más que formas de disfrutar, tácticas para llenar, para matar un día abominable que puede matarnos. Los suicidas dominicales no pudieron matar el domingo y se mataron a sí mismos.
Quizá algunos ya habían decidido suicidarse y eligieron el día de la semana ideal para hacerlo. Lo consuman sobre todo por la noche. Pues ya por la tarde, después de una sobremesa generalmente pesada, lánguida, indigesta, el rostro del domingo se demacró, se afeó de manera monstruosa; al anochecer, refutada toda esperanza, la sensación de vacío, de profunda desolación, puede ser devastadora. Días tan bellos como el viernes o el sábado, escalera de euforia, conducen a un pantano que confundimos con un colchón blando y cómodo. Colchón apestoso, pantano, arena movediza; nuevo engaño: el domingo es estático, pero en esa dinámica falsa del domingo, tan falsa como su estaticidad.
Aprenderlo debimos —bueno, no quiero generalizar: debí desde la infancia, cuando, por defender las inapreciables delicias del viernes y sábado, las tardes y noches dominicales entregadas a las dichosas tareas escolares nos decían ya a las claras que el aprendizaje estaba no en ellas, sino en las desdichas de soportar el día que Dios inventó falto de lucidez, sea ebrio o crudo por el tinto de consagrar.
La masificación dominguera del gusto, la traumática multiplicación y mecánica repetición de planes de ser, no digamos felices, de ser a secas, es más evidente que nunca los domingos.
«Dominguero» es un adjetivo peyorativo que dice más de lo que decimos cuando lo decimos. Ningún otro día de la semana cuenta con un adjetivo tan denigrante. «jornada sabatina» o «año sabático», por ejemplo, expresan un Saturno vigoroso y eufórico. «Lunático» tiene una connotación romántica, de ensoñación cuando menos respetable. En cambio, «Gatitas domingueras» —en Chapultepec, por ejemplo— es verso, del poeta populista a veces impopular Jaime Sabines, que expresa un hastío y un desprecio tigrescos inconfundibles —parecidos a los de «A estas horas aquí».

viernes, 5 de febrero de 2016

Olvídate de 2016 y ve haciendo planes para 2099_REALIZAR UN COMENTARIO DE 5 A 7 LÍNEAS.





¿Nos fundiremos con los robots o entraremos en guerra con ellos?¿Podremos vivir eternamente? 'El futurólogo de Google', Raymond Kurzweil, hace sus predicciones sobre los próximos 100 años.

ANDREA LAZAROV



Imagen de la exposición +Humanos
Imagen de la exposición +Humanos / ©CCCB
¿Pueden las máquinas pensar como los humanos? ¿Cuándo nos van a superar en inteligencia? ¿Seremos capaces de dominarlas o sucumbiremos bajo su dominio? La ciencia ficción lleva años representando estos dilemas en fantasías tirando a apocalípticas, pero la ciencia cada vez encuentra respuestas más rápidas y eficaces que nos hacen pensar que ese futuro imaginado ya está entre nosotros. Hace unos pocos días, un equipo de investigadores de la Universidad de Toronto anunciaba su último logro: que una máquina replicase el sistema de aprendizaje de un niño. Esto es: que en lugar de precisar de muchos datos para relacionarlos con algoritmos, la máquina fuera capaz de reconocer las cosas a partir de un único ejemplo. Su punto de partida ha sido la escritura a mano, pero ya se vislumbran las infinitas posibilidades del proyecto.
Hay un hombre que sueña con esto cada día. Con el futuro. Es Raymond Kurzweil, conocido como “el futurólogo de Google”. Este experto en Inteligencia Artificial (IA) ostenta desde 2012 el cargo de jefe de Ingeniería en el gigante de Mountain View. Y viene haciendo predicciones con un altísimo nivel de acierto desde hace 30 años. Predijo la caída de la URSS, la victoria de la supercomputadora Deep Blue sobre el ajedrecista Kásparov y el crecimiento del uso de Internet y las herramientas de búsqueda cuando aún Internet era una herramienta difícil de usar y vaga en contenido. A sus 67 años, Kurzweil toma a diario 100 píldoras de suplementos vitamínicos (hasta hace poco eran 350) con la idea de vivir hasta que pueda trasladar todo su cerebro a un ordenador y así alcanzar la inmortalidad. Suponemos que acabará reduciendo su cóctel de pastillas a dos: la roja o la azul. Como en Matrix: abrazar la dolorosa verdad o seguir alimentando la ilusión, vivir en el mundo real o entregarse por completo al virtual. Afrontar, en definitiva, la disyuntiva a la que se dirige el planeta entero. Según él, el primer paso hacia la inmortalidad será la aparición de nanorobots que nos curarán desde dentro y alargarán nuestra esperanza de vida hasta que podamos trasladarnos a un recipiente más duradero.
Raymond Kurzweil, también conocido como 'el futurólogo de Google'
Raymond Kurzweil, también conocido como 'el futurólogo de Google'
No todos los científicos están de acuerdo con algunas de sus predicciones. “Eso sí, ha sido la cara mediática de la inteligencia artificial y mediante su discurso ha atraído muchos inversores a este campo”, asegura Ulises Cortés, catedrático de IA en la Universidad Politécnica de Cataluña e investigador en el Supercomputing Center de Barcelona, que cuenta con uno de los superordenadores más potentes de Europa. Desde que en 1950 Alan Turing (uno de los padres de la computación) propusiese el denominado test de Turing, una prueba de habilidad en la cual una máquina debería probar un comportamiento inteligente equivalente o indistinguible al de un ser humano, este se transformó en la meta y motivación de muchos matemáticos, científicos e inventores. Para Cortés, “el test de Turing ya fue superado con ordenadores como el Watson de IBM, que en 2011 arrasó en el concurso televisivo estadounidense Jeopardy”. Watson tuvo, incluso, tiempo para contar algún chiste, con lo que demostró su inteligencia más allá de un código escrito por unos ingenieros.
Kurzweil sitúa que alcanzaremos lo que ha bautizado como “singularidad tecnológica” en el año 2045: el hipotético momento en el que las máquinas adquieran una inteligencia artificial general y puedan auto mejorarse y sucesivamente crear ordenadores mejores que ellos mismos. Cada vez son más comunes en la comunidad científica términos como “transhumanismo” y “posthumanismo”, donde el uso de la tecnología es esencial para mejorar la condición humana y equipararla en cualidades intelectuales a las de una posible inteligencia artificial.
No todos los científicos creen que alcanzar la singularidad sea una gran idea sin tener un plan o una base ética para controlarla. Hugo de Garis, en su teoría The artilect war(artilect viene de intelectos artificiales), asume que antes de que acabe el siglo XXI habrá una gran guerra en la que las máquinas decidirán eliminarnos. Y lo explica mediante una analogía: que estas podrían empezar a vernos como una simple hormiga a la que aplastar. En una charla de TED, el filósofo Nick Bostrom, explicaba que no concibe ningún escenario en el cual podamos controlar una IA y sugería que debemos asentar una serie de valores para que las máquinas crezcan con ellos.
Tenemos que fusionar nuestras capacidades con las de un ordenador, solo así podremos evitar que surja algo como Skynet
El plan de Kurzweil es sencillo, ir más allá de la condición humana y fusionar nuestras capacidades con las de un ordenador, solo así podremos evitar que surja algo como Skynet, la empresa de ficción que construyó a Terminator. La artista e investigadora Cathrine Kramer piensa que “deberíamos ceñirnos a las tres leyes de la robótica de Asimov: un robot nunca hará daño (o permitirá que se haga daño) a un ser humano; un robot debe obedecer las órdenes de un ser humano (excepto si esas órdenes contradicen la primera ley); y un robot debe proteger su propia existencia (siempre y cuando respete las dos leyes anteriores). Visto lo visto con los drones, ya estamos violando estas reglas; pero espero que en los próximos 20 años vayamos definiendo un marco legal para regular qué puede y qué no puede hacer un robot”.
Supercomputing Center de Barcelona, un centro pionero que alberga el superordenador MareNostrum.
Supercomputing Center de Barcelona, un centro pionero que alberga el superordenador MareNostrum.
¿Qué queda de nuestra naturaleza en todo esto? ¿Deberíamos poner límites en la modificación de nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestras vidas cotidianas? Cathrine Kramer piensa que "por mucho que los científicos insistan, nuestros cuerpos envejecerán y morirán. Por mucho que logremos trasladarlo a una red neuronal artificial, ¿de verdad podemos considerar eso vida? Quizás el próximo paso lógico sería un cuerpo suplente". Kramer es a comisaria de la exposición +Humanos (hasta el 10 de abril en el CCCB de Barcelona), que nos sitúa en el futuro de la especie desde una perspectiva artística.
Lo más impactante visualmente que hemos visto en el arte reciente proviene de Google, de Deep Dream, una primeriza IA que crea arte por sí misma. El proyecto inicialmente alimentaba a redes neuronales artificiales con millones de imágenes para ser interpretadas y clasificadas con la idea de que pudieran representar su idea de... por ejemplo, un plátano. Aunque cuando estas redes neuronales eran nutridas de imágenes arbitrarias y se les pedía realzar todo lo que veían, los resultados eran alteracio- nes ultrapsicodélicas de las mismas. Es como cuando éramos niños y jugábamos a ver formas y animales en las nubes. Eso sí, Deep Dream ve muchos ‘perros- pájaro’, ya que la mayoría de las imágenes que conoce son del reino animal. Los ingenieros de Google han bautizado esta técnica como inceptionism, un movimiento artístico creado por una IA.
2016 es el año en que por fin podremos comprar las gafas Oculus Rift y las Morpheus, el paso definitivo para entrar en ese mundo de realidad virtual (VR) que nos reclama. Según un estudio de Statista, en 2018 seremos 171 millones de personas quienes las hayamos integrado en nuestro día a día