¿Qué hacer con los domingos?
Definitivamente la invención del último día de la semana encontró ya a Dios cansado, aburrido, falto de inspiración
y lucidez. Eso explica que los domingos
sean aburridos, soporíferos, deprimentes, nauseabundos. Hay en los domingos algo enfermizo, una enrarecida decadencia, hipócritamente disimulados en el disfraz de descanso, de santidad, de convivencia familiar. Más que bíblicos, son infernales; dicen unos versos de Eduardo Elizalde:
El infierno serían esos domingos, todos esos grises, sordos, ciegos, pantanosos domingos unidos en un ciclo sin semana
Judas metió su cuchara en la última cena, como Satanás la suya cuando Dios creó el domingo.
Las mañanas de los domingos
son ya feas, pero dejan
todavía en nosotros un necio
resquicio de ilusión, de
esperanza de ser felices, de
pasarla bien cuando menos.
Con coquetería solar, farisea,
despliega el domingo su
abanico, su plumaje de pavo
real de utilería. Están como
opciones los suplementos
dominicales, el futbol, la
misa de doce, las comidas
con familiares o amigos, los picnics, el zoológico,
las multitudinarias excursiones a Xochimilco o Chapultepec —la multitud adora la multitud—, el cine, el Valium. Son, en el fondo, más que formas de disfrutar, tácticas para llenar, para matar un día abominable que puede matarnos. Los suicidas dominicales no pudieron matar el domingo y se mataron a sí mismos.
Quizá algunos ya habían decidido suicidarse y eligieron el día de la semana ideal para hacerlo. Lo consuman sobre todo por la noche. Pues ya por la tarde, después de una sobremesa generalmente pesada, lánguida, indigesta, el rostro del domingo se demacró, se afeó de manera monstruosa; al anochecer, refutada toda esperanza, la sensación de vacío, de profunda desolación, puede ser devastadora. Días tan bellos como el viernes o el sábado, escalera de euforia, conducen a un pantano que confundimos con un colchón blando y cómodo. Colchón apestoso, pantano, arena movediza; nuevo engaño: el domingo es estático, pero en esa dinámica falsa del domingo, tan falsa como su estaticidad.
Aprenderlo debimos —bueno, no quiero generalizar: debí desde la infancia, cuando, por defender las inapreciables delicias del viernes y sábado, las tardes
y noches dominicales entregadas a las dichosas tareas escolares nos decían ya a las claras que el aprendizaje estaba no en ellas, sino en las desdichas de soportar el día que Dios inventó falto de lucidez, sea ebrio o crudo por el tinto de consagrar.
La masificación dominguera del gusto, la traumática multiplicación y mecánica repetición de planes de ser, no digamos felices, de ser a secas, es más evidente que nunca los domingos.
«Dominguero» es un adjetivo peyorativo que dice más de lo que decimos cuando lo decimos. Ningún otro día de la semana cuenta con un adjetivo tan denigrante. «jornada sabatina» o «año sabático», por ejemplo, expresan un Saturno vigoroso y eufórico. «Lunático» tiene una connotación romántica, de ensoñación cuando menos respetable. En cambio, «Gatitas domingueras» —en Chapultepec, por ejemplo— es verso, del poeta populista a veces impopular Jaime Sabines, que expresa un hastío y un desprecio tigrescos inconfundibles —parecidos a los de «A estas horas aquí».

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